Del estante

La juventud corre más que tus pensamientos

o Exprime lo que tengas...

Hace mucho tiempo yo era una dama guapísima y muy profesional. Todos me querían, todos me elogiaban, todos me adoraban y soñaban con hablar un poquito conmigo o al menos quedarse a mi lado. No tenía ni un minuto libre: me levantaba a las 5 de la mañana para tener tiempo, antes de las 8, de pintarme encima todo lo necesario: maquillarme, untarme, empolvarme, ponerme base, cambiar las pestañas por unas largas, quitarme las cejas del todo y luego dibujarme otras nuevas, pero más bonitas. Marcar más los labios, alargar las uñas y hacerlas más vivas; el pelo, liso por naturaleza, qué traición, había que rizarlo, peinarlo, y además el color que me había dado la naturaleza no me gustaba y había que teñirlo. Y todo eso me llevaba muchísimo tiempo, así que por las mañanas nunca desayunaba y salía corriendo a la oficina para iluminar ese sitio gris con mi belleza y mi perfume.

Intentaba no hacer caso de que antes de comer siempre tenía muchísima hambre, de que tanto maquillaje y tanta crema me irritaban la piel, de que las uñas largas no me dejaban funcionar con normalidad y tenía que tensar los dedos todo el rato para hacer los movimientos más elementales, tanto que luego me dolían muchísimo las muñecas. Procuraba no hacer caso de lo incómoda que era aquella ropa de moda, de cómo se me clavaba, me cortaba la respiración y me apretaba los órganos. No hacía caso de que el 90 por ciento del tiempo se me iba primero en ponerme encima todo el conjunto y luego en quitármelo en casa y prepararme con otras cremas para una nueva batalla de la belleza contra la razón.

Y así durante años. Gastaba todo mi tiempo en el aspecto y no me daba cuenta de que el tiempo pasaba, el cuerpo sufría, las articulaciones sufrían y, sobre todo, el cerebro sufría. No me daba tiempo a aprender nada, no tenía tiempo ni para leer: tenía que estar guapa por encima de todo. La belleza y la moda vencieron a mi cerebro, se apoderaron de mi cuerpo y tomaron como rehén mi juventud. Y luego se me vino todo encima de golpe: primero el cuerpo no aguantó la tortura de las cremas, las lacas, los perfumes y los desayunos en ayunas, y se negó a seguir viviendo así. Y acabé en el hospital.

Al salir había cambiado mucho por fuera. Mis intentos de volver a ponerme aquella imagen joven que iba a trabajar y alegraba a todos con su belleza y su perfume hicieron que acabara otra vez en el hospital. Al salir me enteré de que en la oficina ya trabajaba otra en mi puesto, igual de guapa, una tontita a la que el maquillaje y la moda todavía no habían machacado ni roto, y que ya nadie necesitaba mis servicios. Y me quedé sin trabajo...

¡Fue tan asombroso! Me recompuse enseguida y, antes de la siguiente entrevista, me pinté una imagen tan potente que a mitad de la entrevista el cuerpo volvió a negarse a llevarla. Pero eso era lo de menos. Mi cuerpo, que me fallaba, mi cuerpo bonito por fuera, gracias al cual me valoraban tanto en la oficina, ya no quería ayudarme. La segunda desgracia era mi cerebro: estaba tan vacío; aparte de las tendencias, el calendario de dietas, la lista de ejercicios y los nombres de las cremas, allí no había nada, ni siquiera saber dónde tengo el hígado o el estómago, que no paraba de rugirme.

Simplemente no conseguía encontrar trabajo nuevo, porque resultó que, mientras mi aspecto trabajaba, mi cerebro sufría falta de conocimientos; estaba repleto de orgullo por mi aspecto, de alegría por lo guapa y moderna que era. Pero resulta que el cerebro no necesita las cremas y las lacas con las que me cubría a capas la cara y la cabeza, sino información, conocimientos, lectura, y que había que torturarse no con hambre y vaqueros estrechos, sino con libros difíciles. Resulta que había que procurar que las arrugas no estuvieran en la cara, sino en el cerebro, y en cantidad.

Y lo que pasó fue que la superficie perfectamente lisa de mi cerebro se convirtió en reflejo exacto de la superficie perfectamente lisa de mi cara. No sabía responder a preguntas elementales, construir una frase de más de cinco palabras ni recordar el nombre de las empresas donde había hecho entrevistas.

Después de un año buscando trabajo, el dinero se acabó. Primero empezó a faltar dinero para cremas y maquillaje, pero encontré la salida: empecé a comer todavía menos, vendí el coche y me llegó para un par de meses más de cosméticos y de tratamiento en el hospital tras cada nuevo agotamiento del cuerpo por culpa de esos mismos cosméticos. Luego vendí mi casa de lujo, ganada a base de belleza, y me mudé a un piso diminuto. Pero trabajo seguía sin haber, y yo ya no era tan guapa, ni olía tan bien, ni iba tan a la moda.

Y entonces lo entendí todo: decidí volcar de golpe todas mis fuerzas en el cerebro. Me esforzaba tanto en pensar que hasta perdía el conocimiento. La cabeza se resistía, me dolía sin parar, pero yo creía que era porque en el cerebro empezaban a formarse arrugas: al fin y al cabo, cuando me miraba al espejo, veía la prueba directa en la cara. Y resultó que me dolía porque comía poco, dormía poco y veía muchos vídeos de formación sobre profesiones nuevas.

Primero decidí hacerme programadora: miré cuánto ganan ahora y decidí que había que ir allí y a ningún otro sitio. Además, era facilísimo: ves videotutoriales, en ellos todo es tan sencillo, tan claro y, lo principal, no hay que hacer nada. Nadie te obliga siquiera a pensar algo, a resolver algo, no como en esos libros ruines, tontos, torturadores y estúpidos, donde siempre había unas tareas incomprensibles: «abra el programa, compile el código». ¡Y yo en mi portátil tan bonito no tengo ni programas ni códigos! Allí lo tengo todo bonito: fondo de pantalla bonito, iconos bonitos.

En cambio los videotutoriales son una auténtica joya. Me pasaba semanas viendo vídeos de programación, y después de un mes viéndolos comprendí que estaba lista para las entrevistas. ¡Qué crack era, de verdad! Todas las entrevistas salieron de maravilla, dejaba a todos impresionados, cada entrevista era una fiesta, un acontecimiento inolvidable para ellos. Mis datos los dejaban muy impactados, y mis conocimientos siempre les ponían la cara tan tonta, arrugada, los ojos redondos; se quedaban sin habla todo el rato, no eran capaces de construir ni una frase normal. Sí, yo estaba sencillamente espléndida, pero por algún motivo nadie me contrataba. Seguramente temían la competencia fuerte o algo así. Así comprendí que aquello no era lo mío: la informática era demasiado simple para mí, y todos los programadores que me entrevistaron eran tontitos y ni siquiera sabían comunicarse como es debido.

Luego decidí hacerme bloguera. Eso es aún más fácil, ni siquiera hay que hacer nada: estás ahí sentada y te pasas el día contándole a la cámara qué haces en casa, cómo haces la cama, cómo te maquillas, cómo preparas batidos y gachas reconstituyentes de un color, un olor y una forma repugnantes. Aunque no está claro qué reconstituyen: a mí siempre me quitaban la energía y las ganas de vivir. Lo contaba todo: cómo me iba el día, cómo no lograba encontrar trabajo, ¡qué desgraciada era, pero qué fuerte!

Al principio todo iba bien, las visualizaciones me daban algo de dinero, pero luego las visualizaciones bajaron, y el interés por mi vida, de verdad molona, también. Los comentarios bajo los vídeos, claro, nunca me alegraban, así que siempre los desactivaba. ¿Para qué leer lo que me escriben los envidiosos y amargarme el día, si solo escriben tonterías sobre mi cerebro y mi forma de vida?

Luego empecé a grabar vídeos desembalando cosas. Qué no habré desembalado: jabón, la caja de una aspiradora, la bolsa del pan, hasta enseñé cómo desembalaba una pipa de su cáscara y los guisantes de su vaina. Pero como había pocas visualizaciones, pasé a grabar vídeos con recomendaciones sobre criptomonedas: cuál comprar, dónde, cuánto y cuándo. Y un buen día llamaron a mi puerta, por lo visto mis fans más fans, espectadores muy agradecidos por mis acertados consejos, y me invitaron a dar una vuelta en coche por el bosque. Fue un detalle muy bonito por su parte, aunque no entendí por qué tenían que meterme precisamente en el maletero, y cuando llegamos al bosque decidieron, a saber por qué, enterrarme... Ay, estos fans y admiradores...

Cuando me cansé de estar bajo tierra (allí está tan oscuro, tan estrecho y hay tan poco aire), decidí que ya estaba bien. Y en ese momento me desenterró un bloguero de supervivencia. Después de que lograra hacerle volver en sí del desmayo, por lo visto provocado por mi belleza sobrenatural, salió corriendo muy, muy deprisa. ¡Cómo corría! Seguramente para encontrarme cuanto antes y suscribirse a mi canal.

En fin, decidí hacer vídeos de cómo sobrevivo en el bosque. Al principio sobrevivía de 10 de la mañana a 10:15, porque la cantidad de mosquitos no me dejaba sobrevivir como es debido. Luego, claro, el tiempo de supervivencia aumentó, pero molestaba mucho el vestido bonito, al que cualquier arbusto o árbol se lanzaba con sus ramas por pura envidia, y los tacones no me dejaban moverme bien por el terreno del bosque. ¡Cuando el tiempo de supervivencia en el bosque llegó a cuatro horas, me encantó! Todo el día al aire libre: andas, recoges ramitas, luego encuentras una cabaña construida por otro bloguero, tiras esas ramitas de mierda, torcidas y asquerosas, y te vas a asar carne con ese bloguero delante de la cámara.

Y carne siempre les sobra. Da la impresión de que el equipo de rodaje solo funciona con ese combustible. Así empecé a trabajar con ellos. Me dieron el trabajo más importante y de más responsabilidad: quitar el polvo y barrer el suelo, porque esos blogueros de supervivencia, fíjate tú, tienen una alergia fuerte al polvo. Y además la basura que dejan los obreros que construyen esas cabañas en el bosque no debe verse en cámara, que si no los espectadores podrían sospechar... Pero qué podrían sospechar los espectadores, nunca lo adiviné, y nadie me lo contó.

El trabajo es estupendo, se lo recomiendo a todo el mundo. Pero hay que darse prisa, porque cada vez hay menos bosques, cada vez más blogueros de bosque y cada vez menos cuadrillas de obreros libres.

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