Del estante
Antes de que el tiempo se hiciera mayor.
Hay momentos en que te dan unas ganas de aullar...
Qué le vamos a hacer, toda mi vida me ha resultado mucho más fácil entenderme y ponerme de acuerdo con los animales que con las personas. A veces miras a un animal, le dices: «¡Venga, vamos!», y él va. Y a veces ves al cartero y le dices: «¿Qué, me ha llegado carta de la familia? ¿O me ha llegado un paquetito de mi querida China, donde me dio tiempo a pedir tantas cosas inútiles antes que esos bobos que no llegaron a tiempo de pedir todas esas cosas que no le sirven a nadie?». Y él no me contesta, ni una sola vez me ha contestado. Solo me mira con mala cara, a saber por qué, y encima todo el rato.
O, a veces, vas a la tienda a por salchichas para mi amigo. A mí no me van mucho, pero mi amigo las adora, ¡cómo las adora! Yo siempre lo entiendo sin necesidad de palabras. Pues vas a por salchichas para tu amigo, y la dependienta antipática, si es que te las da, te las da siempre con tan poco cuidado que se le caen al suelo una y otra vez, y a mi amigo le tienen que llegar las salchichas sucias sin excepción. Una vez hasta se le pegó una hormiguita, pero no la espanté: a lo mejor a ella también le gustan las salchichas. Con lo pequeñita que es, que coma ella también, a mí no me importa. Lo importante es que a mi amigo le llegue al menos algo, porque las salchichas son una comida muy poco fiable. Las salchichas saben evaporarse delante de tus narices, así que siempre hay que llevárselas al amigo muy deprisa y, a ser posible, con los ojos cerrados.
En general, en nuestro pueblo la gente es normal, pero con los animales es mucho más fácil encontrar temas para conversaciones largas y a veces hasta agotadoras. Hace poco salió una discusión sobre si esos gansos tienen derecho a andar paseando tan tranquilos mientras la gente está encadenada al campo de la mañana a la noche, escarbando la tierra, intentando que algo crezca. Y esos gansos venga a pasearse en fila y a juzgar. Yo no entiendo su idioma, pero como tengo talento para entender a los animales, enseguida comprendo que se están burlando de la gente, y entonces cojo un palo y me pongo a perseguirlos. Antes los perseguía sin palo, pero resulta que con palo es mucho más eficaz. Y en general con palo todo es muy cómodo: es cómodo andar, es cómodo cavar.
Pero lo principal es hacerlo cuando los demás no miran, porque siempre se echan a reír. No entiendo por qué ni a qué viene: el palo es digno, tiene de todo. En una punta un calcetín viejo, la colita de una lagartija que intenté cazar hace poco, y en el medio del palo está mi orgullo: la piel de una salchicha, enrollada con muchísimo esfuerzo. Por eso ese palo solo hay que cogerlo cuando los vecinos no miran, porque siempre se ríen. Y cuando los miro directamente a los ojos, apartan la vista. Y cuando empiezo a acercarme para preguntarles qué pasa y qué ha ocurrido, enseguida se acuerdan de algo que hacer en casa. Y siempre van corriendo, como si se les hubiera olvidado un trocito de salchicha a medio comer en la mesa y tuvieran visita a punto de llegar.
Pero yo soy educado: cuando voy de visita no pido comida nunca. Puedo comer en casa y en la calle, ¿para qué voy a comer encima de visita? ¿Y si luego vienen a visitarme a mí y quieren comer en mi casa? Por eso enseño buenos modales a todos con mi ejemplo correcto: hay que comer antes de ir a cualquier sitio, sobre todo a mi casa. Con los pajaritos también salen conversaciones interesantes: a ellos también les gusta juntar palitos y hacer cosas con ellos, podemos pasarnos mucho tiempo aprendiendo unos de otros.
Así que de aburrimiento no me puedo quejar. Solo una cosa va mal: no consigo alegrar a mi amigo. Ni con una salchicha ni con conversación, se pasa el día sentado mirando al frente. Tendría que decirle al cartero que por lo menos él le escriba una carta a mi amigo, ¡con la de cartas que lleva siempre de un lado a otro! Que escriba que a todos les va bien, que todos tienen de todo, y muchas salchichas cada día, y en casa siempre hace calor, y las alfombras son gruesas y blanditas, y que no hay pulgas, pero lo que se dice ninguna. Y entonces mi amigo se pondrá contento seguro, y entonces, como antes, como hace muchos años, los tres, y a veces hasta los cuatro, jugaremos con el palito y quizá persigamos a ese cartero en su bicicleta, que corre que se las pela.
Qué alegre era nuestra vida antes, los cuatro, hasta que el tiempo se hizo más viejo, hasta que el tiempo se hizo mayor y se buscó otras ocupaciones, más importantes que quedarse en el pueblo persiguiendo gansos... Las personas son muy tontas, no les gusta ser felices. Les gusta correr por la mañana adonde no las quieren, a ver a quienes no las esperan, pero que a final de mes les dan unas hojitas de papel con las que andan tan liadas y que se cambian sin parar unas por otras, a veces hasta por salchichas. Y cuando ya andas reventado de tanto correr hacia esa gente de las hojitas y dejas de fingir bien que te gusta cumplir las órdenes que te dan, allí también dejan de esperarte, y ya no te vuelven a invitar. Y entonces miras, y a tu lado ya no queda nadie por quien correr detrás de las hojitas. Por eso yo soy más sabio que toda esa gente: yo corro detrás de las salchichas y muevo la colita con mucha gracia.
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