Del estante
Medidor por la gracia de Dios
Mide una vez, mide dos veces, mide tres veces, y da igual cuántas veces midas: el trozo ya cortado no se va a alargar
Mi historia empieza cuando, de pequeño, me encantaba trastear con ordenadores. Cómo me gustaba hurgar en ellos: unas veces medía la pantalla con la regla, otras la placa base, otras el ratón, otras el teclado, pero lo más difícil era medir el ventilador del procesador: el ventilador no paraba de tragarse mi cinta métrica. Pero era interesante e instructivo. Cómo me gustaba medirlo todo por dentro, pero mis padres, medidos por todos los lados y en todos los planos, decidieron que yo era programador y me mandaron a estudiar programación. Cuando empecé a estudiar programación, al principio no me salía nada: por muchas veces que midiera los ordenadores en las prácticas de laboratorio, los programas no funcionaban, ni siquiera se escribían. Pero un día nos pusieron la tarea de encontrar errores en un programa que funcionaba; me arremangué exactamente diecisiete centímetros y cuarto, abrí la torre y me puse a medir la memoria RAM. Tras una breve medición, mi programa dejó de funcionar en el ordenador, cuando ninguno de mis compañeros de curso había conseguido semejante resultado. Y entonces por fin mi talento fue reconocido: solo yo puedo encontrar todos los errores de un programa, pero solo con mi método único. Pasaba el tiempo, y cada vez tenía que volver a medirlo, pero no pasa nada. Y pasó otro poco de tiempo sin medir, y ya tenía una cola de cuarenta reglas de treinta centímetros esperando a que encontrara los errores de sus programas, y siempre lo conseguía. En unos programas los errores aparecían después de medir el disco duro, en otros después de medir la tarjeta de red, pero casi siempre aparecían al medir el procesador. Mataría al creador de los procesadores por ese diseño: primero cuesta abrir el procesador, a veces ni con cuchillo ni con tijeras se consigue, y aun cuando lo abres, ahí dentro todo es pequeñísimo, una barbaridad. Bueno, no voy a desvelar todos mis secretos, total, tengo secretos sin medida. Seguramente me preguntaréis qué hago ahora, a qué me dedico en esta era en que la IA escribe código y genera videítos, música y auténticas obras de arte artificial. Tejo ropa para ordenadores viejecitos y sus torres viejecitas y refinadas: gorritos para el monitor, muchos calcetincitos para el teclado, uno para cada tecla; no, no para cada una: si me traen un equipo de la manzana, en su teclado no tejo calcetincito para la tecla de borrar. Y además mido cuánto les queda de existencia a los programadores: cada minuto dicen que esa profesión va a desaparecer ya, así que tengo que pescar por la calle los míseros restos de esos programadores jorobaditos y cegatillos, tomarles las medidas y medir el código que han escrito.
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