Del estante
Igual que nosotros
o quizá hasta mejor
Mi nieto me pide muy a menudo que le cuente cómo vivíamos antes, y a mí me encanta contárselo.
Hace mucho, muchísimo tiempo, nuestra vida era muy simple, sin complicaciones, agitada, y por eso mismo interesante. Que te apetecía tragarte a alguien: lo rodeabas y te lo comías; que veías algo abandonado: lo acogías y vivíais juntos en buena armonía.
Luego fuimos más, nos volvimos mucho más resistentes que antes, tuvimos más tareas, más obligaciones, más enemigos, tanto de fuera como de dentro. Empezamos a unirnos en comunidades. Aparecieron los dioses y los adorábamos: el dios de la fertilidad, el dios de la sangre limpia, el dios del agua purificadora, que debía llevarse lejos toda la suciedad, y el dios más importante de todos, el dios de la comida, porque sin él no habríamos sobrevivido. ¿De dónde íbamos a sacar el alimento, la energía?
Así vivíamos, en comunidades, éramos paganos, y la vida era más o menos estable. Nos atacaban, claro, pero con cada ataque nos hacíamos más fuertes, y lo principal: nuestra mente colectiva se volvía cada vez más lista.
Pasaban las épocas, nuestras comunidades crecían, nosotros éramos cada vez más y más, hacíamos trabajos cada vez más complicados, nuestras ocupaciones se volvían más amplias, los enemigos más numerosos, los territorios más extensos, y comunicarse y transmitir la información se volvía más difícil y más lento.
Y entonces se nos ocurrió enviar los mensajes por nuestro río, porque todas las comunidades estaban atravesadas por sus cauces. Echábamos muchas notas avisando de que nos atacaban, para que desde otras comunidades nos llegara enseguida ayuda por el mismo río y pudiéramos rechazar la embestida. También mandábamos siempre río abajo todas las provisiones y lo que sobraba, para que quien careciera de algo o lo necesitara pudiera sacar del río todo lo que le hiciera falta. Cuando surgían poblados nuevos lejos del río, el río, de alguna manera mágica, alargaba sus cauces también hasta ellos.
Pasaban las épocas, nos volvíamos cada vez más fuertes, más extensos y más ricos. Era difícil atacarnos, nuestra sociedad se complicaba, y empezaron a ocurrir procesos internos, ya que los externos ya no nos amenazaban mucho...
En una de las comunidades apareció un ejemplar curioso que dijo que dios era uno solo, que él era su hijo, y que había conseguido teñir de sangre el agua de nuestro río. En fin, que empezó entre nosotros una guerra de religiones. La comunidad donde nacía el río dijo que ella era la principal, que habría una sola religión y que creer en muchos dioses estaba mal y era dañino. Y eso que muchas veces era precisamente esa religión central la que dañaba a todas las comunidades: unas veces cortaba el envío de alimento por el río, otras no ayudaba en las batallas contra los invasores de fuera. En fin, decidimos someternos todos; a nosotros, la verdad, nos daba bastante igual en quién creer, lo importante era que nos dejaran vivir.
Pasaban las eras, y nuestro país se volvió tan enorme y tan poblado que cualquier comunicación era complicada, y cualquier información tardaba muchísimo en llegar a su destinatario, y a menudo llegaba muy deformada: pedías a los vecinos un material de construcción y te llegaba flotando quién sabe qué. Cuando nos atacaban, mientras los demás se enteraban, mientras llegaban nadando, a muchos de los nuestros ya los habían matado o les había dado tiempo de convertirlos a otra fe.
Por eso se tendió entre todos nuestros poblados una red extensa que unió cada poblado en una sola red interna. Esa red interna fue nuestra salvación: los mensajes empezaron a llegar más rápido, nada que ver con el riachuelo, y aparecieron por fin acciones coordinadas. Ya no todos los poblados hacían lo mismo, produciendo un enorme excedente, sino que fabricaban solo lo que hacía falta y lo que llegaba ordenado por la red interna. Y nos volvimos sencillamente superfuertes: no podían vencernos, no podían pillarnos desprevenidos.
Y todo nos iba bien hasta que apareció ELLO: un poblado grande rodeado de rocas fuertes y flexibles y de una barrera inexpugnable, y sus habitantes eran muy raros: no se dedicaban a producir, como todos los demás habitantes de nuestro país; se pasaban el tiempo solo pensando, pensando y soñando, e inventando, e imaginando, y dando órdenes, y escuchando a escondidas, y espiando, y sintiéndolo todo, absolutamente todo, y recordándolo todo. ¡Era algo fuera de lo común!
ELLO podía notar que a nuestro país, al rincón más lejano, apenas empezaban a atacarlo, y ELLO ya lo sabía y repartía órdenes enviándolas por la red interna. Pero por eso ELLO cobraba un precio muy alto: más del 20 por ciento de todo lo mejor del país iba a parar allí. Cuando ELLO llegó, muchos poblados dejaron de creer en nuestro dios: ¿para qué, si ELLO lo sabía hacer todo, si ELLO lo sabía todo, si ELLO lo controlaba todo y a todos? ELLO nos pedía que lo llamáramos INTELECTO.
Como algunos en los poblados perdieron la fe, se hicieron ateos, empezaron a valorar su vida, dejaron de morir cuando se les ordenaba y, al contrario, empezaron a multiplicarse todavía más. Y daba la impresión de que hasta vivían más alegres. Pero resultó que toda alegría se paga: como esos ateos se volvieron muy numerosos, nuestro país empezó a enfermar. Empezaron a formarse aglomeraciones nuevas, independientes, que querían la independencia y no querían obedecer las órdenes de arriba.
Mira, nietecito, todavía eres pequeño para que te hable de cosas como la vida, la muerte y los otros mundos. Los que viven bajo la cúpula de cristal junto al INTELECTO dicen que nuestro mundo no es el único, que muchas veces han visto otros mundos: a veces muy parecidos a nosotros, a veces de una forma completamente distinta. Y también que nuestro universo se mueve, que cada universo tiene fronteras, que dos universos se encuentran y de ahí puede salir otro más, que un universo puede viajar adonde no hay ni siquiera vibraciones, que muchos conjuntos de universos también tienen sus religiones...
Pero de cuentos no se vive. Vamos, nietecito, a darles un tirón a nuestras mitocondrias, que acaba de llegar una orden: dicen que hacen falta proteínas con urgencia. Dicen que nuestro universo se ha peleado hoy con otro y le han quedado desgarros en nuestras fronteras, y hay que pegarlos enseguida. ¿Por qué enseguida? ¡Seguramente para que no veamos con nuestros propios ojos otros universos!
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