Del estante
Testigo de la física
No necesito hechos, tengo fe.
Lo recuerdo como si fuera hoy: soy pequeña, tengo unos cinco años. Paseo por la biblioteca, luego tropiezo con un trozo de parqué traicioneramente listo y me estrello de lleno contra mi nueva fe: era la esquina, muy afilada, de un libro de física.
Me dolió tanto que enseguida creí que aquello no era casualidad. Creía que todavía no me había dado tiempo de pecar tanto como para que Diosito me castigara así. Lo entendí todo: Diosito me había empujado, y muy dolorosamente, hacia algo en lo que yo nunca me habría fijado. ¿Soy tonta, acaso, para abrir un libro a los cinco años, y encima de física, cuando todavía les quedan bracitos y piernecitas enteros a algunas de mis muñecas, y una gotita del pintalabios de mamá? ¡Con pintalabios los dibujos en el asfalto salen muchísimo más vistosos!
Pues eso, el libro de física. Enseguida creí que aquello no era casualidad. Lo abrí y al principio me puse a leerlo. Todas, todas las letras me resultaban ya conocidas, hasta que pasé el índice. Luego, por si acaso, pasé cinco páginas más. Había más letras, y algunas no las conocía. Pero yo creía que el autor del libro no se había equivocado por casualidad escribiendo letras que no existen: lo había hecho porque no todos deben entender, solo los elegidos. Los demás deben simplemente creer.
Luego hojeé un poco más, la situación no cambió, y decidí que ya lo había entendido todo y me puse a mirar los dibujos. ¡Pero solo los de colores! Los que no tenían color no eran interesantes, porque eran para los que no creen en la ciencia: para espantarlos. A los verdaderos creyentes nada puede espantarlos ni apartarlos: ni las letras incomprensibles e inventadas, ni los dibujos en blanco y negro, ni la cantidad de páginas, ni las esquinas afiladas del libro (sobre todo para mi frente).
Después de la décima página comprendí definitivamente que sí, que creo, y que nada quebrará mi fe. Ni siquiera esos cómics diabólicamente coloridos y sin ninguna letra: ¡a mí eso no me tienta, tengo una fe fuerte! Y de momento hasta se me nota en la frente (el chichón debería bajar pronto, en eso también creo, aunque, claro, no tanto como en la física).
Pasaron los años. No fui a la escuela, porque tenía fe en el poder de la física. No necesito conocimientos tontos, sobre todo de geometría, ¡donde hay que demostrarlo absolutamente todo! ¡A ver, demuestra el teorema de que por tres puntos solo pasa un plano, o que dos rectas paralelas nunca se cruzan! A mí, cuando las dibujo a lápiz, no solo se cruzan siempre, sino que además se enredan en una trenza preciosa.
Y aquí estoy, adulta. Y yo, a diferencia de todos los demás, estoy llena de fe hasta los bordes de mi conciencia sin límites. Creo que existen los átomos, tan bonitos como los dibujaron en la divina física. Nadie los ha visto, pero yo, gracias a mi libro, los he visto y creo. Nadie ha visto nunca la fuerza de atracción, pero yo vi en carne propia cómo la fe en la física me atrajo hacia el libro.
La fe es una fuerza poderosa. Es tan potente que cualquier intento de refutar lo que está escrito en este libro se rompe sin más, como las olas contra las rocas. Nadie puede demostrar lo contrario: ¡todo lo que pone en este libro es verdad! Yo creo, no necesito entender, tengo lo más importante: la fe. En el libro pone que el átomo es indivisible, y yo creo. En el libro pone que existe la fuerza de la gravedad, y yo creo. No necesito mirar manzanas cayendo: ¡ellas no creen en la gravedad, por eso se caen! Yo sí creo, y por eso hace mucho, desde los cinco años, que no me caigo.
Y la velocidad de la luz es mi favorita. En el libro pone: nada ni nadie puede moverse a más velocidad que la de la luz. Os voy a confesar algo: hubo un momento en que mi fe vaciló un instante, y decidí poner a prueba mi fe en ese mandamiento. Qué no haría: tiré una piedra contra el cristal de una casa, inflé una rana y la solté de golpe, le di una patada al perro del vecino, y nada ni nadie voló más rápido que la luz. ¡Qué maravilla, la fe en la física!
¿O qué me decís de la fe en que un cuanto de luz puede ser a la vez onda y partícula? ¿O en que los electrones pueden aparecer y desaparecer? ¡Qué milagros!
Seguramente me podéis objetar que en el libro de física, además de muchos hechos en los que hay que creer, hay no pocos hechos que se demuestran experimentalmente. Pero entonces, ¿cómo convertimos a nuestra fe a los que no creen nada? Si alguien no cree que existe la corriente eléctrica, que no tiene ni color ni olor, le proponemos meter dos dedos en el enchufe. Y tras unas breves sacudidas y unos gritos, empieza a creer. A esos los llamamos «iluminados por el amperio».
Y luego di el paso lógico: yo, sin estudios, sin conocimientos, solo con una gran fe a mis espaldas, fundé mi propia religión: los «Testigos de la Física».
Costó mucho difundir esta religión en nuestro pueblo. Sobre todo cuando conté que la Tierra gira alrededor del Sol, y los aldeanos enseguida quemaron... un corderito. Porque tocaba una de esas fiestas ortodoxas que exigen sacrificios sí o sí.
Costó mucho demostrar que la Tierra gira alrededor del Sol. Por un lado, porque a la gente le costaba creer que la Tierra, para empezar, es redonda. Pero yo, gracias a la física, tenía una mesa torcida, y cualquier manzana siempre rodaba y se caía. Por otro lado, porque el ruin del Sol se mueve todo el rato por el cielo, ¡¡¡como si lo hiciera a propósito!!! Pero yo tenía un superargumento: ¡la fe!
Y creyeron. ¡Y la vida en nuestro pueblo se arregló! Sobre todo cuando la gente se hizo «testigos de la física» y dejó de creer en la resurrección después de la muerte. En que en un lugar muy concreto de la Tierra aparece una vez al año fuego sin cerillas. En que se puede matar sin más por la fe, organizar cruzadas, quemar y torturar a personas, y sobre todo a animales, quitándoles la vida, los huevos, las crías, para tener una mesa rica en cualquier fiesta de la iglesia.
Así es nuestra fe: se desarrolla, no se queda quieta como las otras. Fijaos, cada año sale una nueva sagrada escritura de física con correcciones. Por ejemplo, ahora el núcleo ya es divisible, y el tiempo no corre igual para todos. Aunque eso ya lo sabía yo solita, porque cuando esperas algo el tiempo corre despacio, se estira, y cuando te comes un trocito de algo rico el tiempo vuela.
Claro que en nuestro pueblo hay también otros sectarios de todo tipo. Por ejemplo, anda por aquí uno que habla de la fe en las matemáticas. ¡Ay, qué fantasioso! En cuanto se pone a soltar que ya se puede dividir entre cero, que existe no sé qué infinito, no sé qué límites... ¡Vaya fantasioso! Yo todavía no he visto nunca una tableta de chocolate infinita, ni que una tableta se pueda dividir infinitamente entre cero. ¡¡¡Qué fantasioso!!! Si queréis, podéis conocerlo aquí: El mundo no es como te parece , pero no os lo aconsejo: es un tipo turbio.
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