Del estante

Matar, despedazar y luego perdonar

Cuando estoy solo, soy muy buena persona

Cuando voy a cobrar el sueldo y me dicen que todavía no ha llegado, lo primero que se me pasa por la cabeza es: matar y luego despedazar.

Cuando me llegan las facturas de los servicios de mi madriguera, lo primero que se me pasa por la cabeza es: matar y luego despedazar.

Cuando voy a la tienda del pueblo, la de las hadas, a comprarles té de producción local, y me dicen el precio, lo primero que se me pasa por la cabeza es: matar y luego despedazar.

Cuando en mi bosque todos los bancos están rotos o enterrados en la basura que dejan esos ogros, lo primero que se me pasa por la cabeza es: matar y luego despedazar.

Cuando voy a trabajar de buena mañana y los elfos están sentados en los bancos con sus altavoces bluetooth-élficos, embobados con sus hojitas de arce inteligentes, y luego vuelvo y siguen ahí sentados igual, lo primero que se me pasa por la cabeza es: matar y luego despedazar.

Cuando mi nietecito vuelve del campo de batalla infantil de dificultad 2 y, en lugar de la cabeza arrancada del enemigo, trae un peinado nuevo, la barba magníficamente arreglada, teñida de un color hípster de esos, asombroso hasta hacerme daño en los ojos, y huele como si no hubiera luchado contra grandes y poderosos enemigos malvados, sino contra flores del campo, rosas o calabazas, lo primero que se me pasa por la cabeza es: matar y luego despedazar.

Cuando a cada paso, gires adonde gires, hay brujas que te ofrecen comprar una chimenea para la boca que arde sola y huele agradablemente a debilidad, invalidez y muerte a la vez, y nos la venden a nosotros, y no a nuestros enemigos, lo primero que se me pasa por la cabeza es: matar y luego despedazar.

Cuando vas a la tienda del pueblo, la de los hobbits revendedores, a por fruta y verdura, y esas manzanas llevan tanta química que hasta el veneno para Blancanieves está tan atiborrado de química que ya no funciona en absoluto, lo primero que se me pasa por la cabeza es: matar y luego despedazar.

Pero qué le vamos a hacer, habrá que seguir viviendo. Me pondré mi termocamisa con climatizador y un escote profundo hasta mi espléndido cinturón, me calzaré las alpargatas de charol con soporte ortopédico del pie y suspensión adaptativa, cogeré mi hacha con ranuras aerodinámicas y medidor GPS de muerte y sangre, me meteré en el cinturón la navaja plegable 5G con zoom de diez aumentos y botones táctiles, me subiré al carro autopropulsado, que sabe solo adónde resulta que tengo que ir y funciona con anguilas eléctricas, y me iré a la taberna vegana a perdonar a todos esos a los que primero me dan ganas de matar y luego despedazar.

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